Armonía preestablecida
Imaginen dos mundos: uno, el mundo material, el de nuestro cuerpo, el de las cosas que podemos tocar y ver; otro, el inmaterial, donde no hay espacio, lo inmaterial no ocupa lugar, donde no hay sonidos, ni colores, ni movimiento, ni figuras, donde lo único que hay son almas.
¿Imaginaron? O mejor, ¿pudieron concebir, realmente concebir esa separación? A mí me resultó muy difícil.
Sigamos.
A esas almas Leibniz las llama mónadas. Las mónadas superiores son las racionales, es decir, nosotros. Después están las animales, algo inferiores, y por último las mónadas "desnudas" o inconscientes.
Resulta que para Leibniz lo único que hay son mónadas. O sea, lo único real es el mundo de las mónadas, el mundo inmaterial; el otro, el de los cuerpos, es una especie de ilusión. Y resulta, como si fuera poco, que cada mónada, cada uno de nosotros, no pierdan de vista que estos somos nosotros, es una unidad que no tiene ningún contacto con las demás: no hay interacción entre las almas, nada de lo que le pasa a una mónada tiene algo que ver con lo que le pasa a otra o con su acción. Esto no implica que a la mónada no le sucedan cosas: atraviesa diferentes estados internos gracias a su propia fuerza inmanente. Uno puede ir de un pensamiento a otro sin necesitar nada más que su propio pensamiento; esa idea me sirvió a mí para entender la cuestión.
La situación en la que esto nos deja es, entonces, la siguiente: no tenemos cuerpo, y no tenemos relación con nadie además de nosotros mismos.
¿Pero cómo puede ser así? ¿Si yo hablo con otros, entablo relaciones, me enamoro, tengo amigos, me ocupo de mi propio cuerpo?
La respuesta de Leibniz a cualquier pregunta en esa dirección es: armonía preestablecida.
Con respecto a las almas, hay una perfecta correspondencia entre cada estado interno de cada uno de nosotros y los estados internos de todos los demás.
Con respecto a los cuerpos, no olviden que son apariencias, hay una perfecta correspondencia entre la acción de cada cuerpo y las acciones de los demás, y lo que explica verdaderamente el movimiento, el cambio, la vida y la muerte no son las leyes de la física, ni de la biología ni de ninguna ciencia, sino esa armonía preestablecida.
La relación entre lo que llamo mi cuerpo y mi alma, la relación entre las impresiones que recibe mi cuerpo y las sensaciones correspondientes en mi alma, no es causal, sino, una vez más, preestablecida.
Y todo esto así fue dispuesto por Dios: acomodó cada cosa para que se correspondiera perfectamente con las demás, pero nada de lo que pasa es producto de la acción de nada sobre nada.
Haría falta un ejemplo para comprender más que palabras, y esto es lo que se me ocurre.
¿Leyeron La invención de Morel, de Bioy Casares? Yo no me acuerdo muy bien la historia, y les aviso que voy a reproducirla de manera que se adapte, al menos en parte, a lo que quiero.
El protagonista, M, aparece en una isla desierta. Allí se encuentra con algunas personas. Sin que lo vean, M los observa conversar, bailar, pelear, besarse. Le gusta en particular una chica; una tarde la sigue; la mira desde un escondite un largo rato hasta que decide hablarle; le habla y ella no le contesta, ni siquiera lo mira, como si M no existiera.
Pasa, digamos, una semana, y M, que siguió observando a estas personas, se da cuenta que un día se empiezan a repetir sus acciones, exactamente de la misma manera que antes. Cada nueva semana, se repite la misma secuencia de acontecimientos: las mismas peleas, las mismas conversaciones, la chica camina por el mismo camino y se sienta con la misma expresión en el mismo lugar.
M encuentra, además, unas máquinas enormes que funcionan sólo cuando la marea está alta, si bien él no comprende cuál es esa función.
Descubre finalmente que las personas no son más que proyecciones de esas grandes máquinas, que no son reales, que no pueden verlo. Aquellos hombres y mujeres que, aunque él no se hubiera dejado ver, habían sido su única compañía, no son más que meras apariencias.
¿Qué hace nuestro protagonista ante esta devastadora situación? Aquí lo sorprendente de la historia: se acomoda a ellas, a las apariencias. Memoriza cada gesto, cada palabra, cada movimiento de cada personaje, y crea uno para él mismo, uno que se ajusta perfectamente a las escenas, que parece interactuar con esos otros ficticios, que parece provocar ciertas reacciones, que parece ser impulsado por ellos a determinadas respuestas y gestos. Pero nada de eso es real; ellos, las ilusiones, no saben nada de él, no le hablan a él, no lo escuchan, no lo miran ni son mirados. M es una mónada y su relación con los demás es producto del orden que estableció.
Con el mundo de Leibniz, salvando las enormes diferencias, pasa algo parecido: parece que interactuamos con los otros y parece que hay una relación entre nuestro cuerpo y nuestra alma. Pero no y no, lo que hay es armonía preestablecida.
Si uno es una mónada racional lo suficientemente inteligente como Leibniz, puede darse cuenta de todo esto reflexionando sobre sí mismo; puede darse cuenta de que el cuerpo propio y cualquier cosa material no es más que un fenómeno, una manera confusa de representarnos la realidad, que está compuesta exclusivamente por mónadas inmateriales inobservables; puede darse cuenta de que hay otros a los que uno no puede acceder jamás, ni los otros a uno.
Si uno es tan inteligente como Leibniz sabe, al igual que M, que no puede más que estar completamente solo.
Roberta.
12 comentarios:
"perfecta correspondencia"...
A Leibniz lo tocaban poco: si le hubiera tocado bailar un tango en su vida, le hubiera temblado un poquín la mónada, y se hubiera visto obligado a plantear algo diferente...
Sobre lo de la invención de Morel, me recuerda un video de Mac Luhan (no estoy seguro de si se escribe asi, un canadiense de los 50, maso).
Muy interesante texto.
No quiero quedar mal (y en realidad no es un elogio), pero me recuerda las cosas que escribo, en extensión y complejidad de asociaciones.
Asi que lo voy a volver a leer mañana, en superioridad de condiciones (a las actuales).
(igual lo hubiera vuelto a leer varias veces ,ya se sabe...)
Siempre me quedó flotando la pregunta acerca de si, a fin y al cabo, no es más importante y primordial la propia armonía por sobre las mónadas que la necesitan; en última instancia las mónadas parecieran ser nada más que perspectivas anamórficas (no, no escorzadas, no es lo mismo) de ese movimiento inmanente que es la armonía.
Saludos!
Recuerdo que La invención de Morel la compramos el dragón y yo en los puestos de libros usados de Plaza Italia. Él quería releerlo, yo nunca lo había leído y lo devoré al instante, resultó un libro memorable.
Creo que tenés razón Rogelio, la teoría de Leibniz responde seguramente a alguna cuestión personal, a algún deseo; creo que debe pasar lo mismo con cualquier teoría, por más delirante o abstracta que nos parezca.
Simón, sí, eso de que cada mónada refleja al resto y toda la cuestión de la armonía suena muy bien, pero al fin al cabo, lo que a mí me queda flotando es qué pasa con los otros, que están ahí pero es como si no estuvieran; en algún lugar Leibniz dice que podría haber sólo una mónada y Dios, y la historia de esa mónada sería la misma.
Luciana, debería releerlo yo también, hace tanto que lo leí que no me acuerdo más que lo que escribí, que debe falsear muchísimo la historia.
Saludos a todos!
Roberta,
Hace mucho tiempo, escribía teorías sin fundamento aparente acerca de la no existencia del cuerpo. Ahora veo que alguien pensante puede fundamentar. Leeré a Leibniz.
saludos...
P.D.:se trata simplemente de vomitar palabras sin una historia debajo. El contexto lo da el que lee.
Cronopio, me gustaría conocer alguna de tus teorías; a mí me resulta casi imposible considerar seriamente que no tengo un cuerpo, es un tema, todo este del cuerpo, que me resulta muy interesante.
Gracias por la P.D., creí que nunca iba a enterarme. Lo leeré de nuevo e interpretaré como a mí me parezca, entonces, sin buscar algo que no está.
(No te habías ofendido,¿no?)
Saludos.
Roberta,
No entiendo el motivo por el cual ofenderme. Porqué pensó que nunca iba a enterarse?
No contesto a los comentarios en mi blog. Es una cuestión de regla que me puse cuando lo cree, hace ya casi 2 años...wow como pasa el tiempo...
saludos...
Y, bueno, es que soy muy perseguida... no me haga caso, Cronopio.
Saludos
holaaaaaaaaaaaaaaaa
m.
You've just been shot.
A Leibniz no le pasa la soledad porque si él está es porque está Dios. En ese punto, para Leibniz, la soledad es imposible. Y eso nos lleva al punto interesante: lo leemos y nos parece que nos habla de la experiencia de radical desconexión de los otros e inmediatamente interpretamos que nos habla de soledad. Ahora, si quitamos a Dios, para que haya soledad, entonces, no hay soledad (porque no hay ni mónada ni armonía preestablecida ni nada). Creemos que Leibniz nos habla de soledad cuando nos dice que no hay interacción justamente porque para nosotros no hay Dios. Es decir, "Soledad" es, para nosotros, "no estar con otros".
Pero si me lo preguntan, no soy relativista: sospecho que a Leibniz le pasaba, salvando las distancias, lo que a todos: tenía miedo de que lo dejen solo. Para eso, naturalmente, se aseguró de quedarse solo, de antemano y por sus propios medios. Un precavido, el amigo Godofredo.
Roberta,
una monada este texto.
por godofredo más que por adolfo.
a mí me hace acordar también a matrix. la mentada armonía suele ser irónica y perversa.
no quiero sonar a maestra de grado, pero seguí así! quiero decir, está bueno leerte y desacartonar un poco la filosofía que con saña nos enseñan.
un placer leer acá, siempre leo aunque me callo siempre que puedo.
saludos !!
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