jueves 4 de octubre de 2007

Esto es lo que me pasa por no haber superado que mis abuelos, hace más de cuatro años, se mudaran

No era una casa parecida a la de mi abuela, era la casa de mi abuela. No; no estaba situada en la misma calle, tampoco había forma de lograr una vista completa del exterior para corroborar que, desde afuera, se viera como la casa de mi abuela. No estaba mi abuela, no estaba mi abuelo; hacía tiempo que ya no vivían ahí; más tiempo hacía que yo no iba. Pero era la casa de mi abuela, sin discusión.
Me encontraba en el living. La imponente escalera de mármol era la misma; lo sabía por los sentimientos que me despertaba mirarla, por los recuerdos que traía: la escalera del recuerdo era igual a esa, esa no podía ser otra.
Faltaban las personas; no sabía cuánto más debía esperar que aparecieran, no sabía con certeza que fueran a llegar; sentía que sí, y era suficiente para seguir esperando. En una esquina escuché una leve tos; me di vuelta sin sobresalto y la vi: vieja, gorda, muy blanca, con el pelo matizado en gris. No, no era mi abuela, ya sabía que ella no iba a ser parte de la historia; además, nunca le diría “vieja” a mi abuela. Era, no hacía falta que lo dijera, la dueña de casa, de la casa de mi abuela; tenía una expresión siniestra, una mirada que no podía ocultar el mal. Era el mal. No dijo nada, se quedó ahí sentada, en el sillón verde de pana, mirándome, desafiándome. Yo tampoco dije nada. Tuve miedo y caminé hacia la habitación contigua, rogando que todo estuviera en su lugar, sobre todo la salida.
El comedor diario era también como el de mi abuela; definitivamente, la casa era la misma. Pasé a la cocina; ahí, me acordaba bien, debería haber una puerta que diera a un jardín, dando la vuelta por el jardín, podría salir a la calle sin tener que atravesar la zona de la vieja. En efecto: la puerta. La abrí. Salí. No había jardín. Había un gran lago, pantanoso, con plantas de un verde muy oscuro, casi negro. No había jardín, pero seguía siendo la casa de mi abuela; tenía miedo de que ese lago me hiciera olvidar este hecho y la casa desapareciera para siempre. Me daba vuelta cada vez que mi mente empezaba a dispersarse en esta nueva escena desconocida. Y la casa seguía ahí.
De repente, apareció una figura al costado de mi campo visual, del lado derecho. Me di vuelta para mirarla bien, pero seguía estando en el mismo lugar con respecto a mí. No había modo de mirarla de frente, no había modo de que pasara a estar del lado izquierdo, o en cualquier otro lado que no fuera mi lado derecho. No podía distinguir su cara; sí que tenía el pelo corto, y un traje azul, muy fino. Pero no sabía si era hombre o mujer; parecía una mezcla de ambos, o por momentos uno, por momentos otro. Su voz tampoco me permitía decidirlo. Me di cuenta que estaba hablando y yo no estaba escuchando. Le pregunté qué había dicho.
-Si te acordás que acá, en este pantano, desapareció hace mucho una chica; flaquita, de pelo corto; así, parecida a vos, y que vivía en esta casa.
“¡La casa!”, pensé. Me di vuelta rápidamente; seguía ahí. Respiré aliviada. La vieja también; aunque no la veía, escuchaba su tos de vez en cuando.
-Nadie que vivió en esta casa desapareció nunca –dije con seguridad mientras empezaba a caminar buscando el sendero de piedritas que conducía al portón de entrada. Y, ante todo, de salida.
-¿Cómo sabés? –dijo acompañándome desde la derecha y siempre a la misma distancia.
-Lo sé y punto. ¿Querés saber por qué lo sé?
-No, no en realidad. Mirá –dijo mientras revolvía con la mano en el agua espesa, entre verde y marrón y de la que sobresalían raíces de árboles muy viejos.
Pensé que estaba buscando el cuerpo, o una parte del cuerpo, o alguna de sus ropas. Pensé que si seguía mirando, iba a reconocer lo que sacara. No quería saber nada de eso. El camino de piedritas podía esperar, prefería entrar a la casa, a lo conocido, y arriesgarme a encontrar otra vez a la vieja que quedarme ahí y ver el cuerpo. Que probablemente fuera mi cuerpo.
Mientras corría en dirección a la casa, que se había alejado un poco, la voz se iba haciendo más difusa. Ya no la escuchaba con el oído izquierdo cuando entré; todavía persistía un lejano murmullo en el oído derecho. Caminé sin hacer ruido, quizá la vieja se había dormido y podría salir por la puerta principal.
La escalera, la misma. La vieja estaba ahora en una silla, de espaldas a mí, de frente a la puerta. No había modo de salir sin que me viera, ni valía la pena intentarlo. De pronto, pegó un grito desgarrador; se dio vuelta y vi que tenía la boca llena de comida; no sé qué era, algo amarillo, líquido pero grumoso; lo que no tragaba, resbalaba por su pera y su cuello antes de caer al piso. Me miró fijo y me dijo algo indescifrable, el exceso de comida me impedía entenderlo. Me pareció que era “Nunca vas a salir”.
Estaba atrapada en la casa de mi abuela, en la casa de mi abuela eterna de mi recuerdo, abandonada y usurpada por esos extraños personajes que sólo buscaban torturarme. No había salida: o el lago y lo que no quería saber que ocultaba, o la vieja custodiando la puerta.
O sí había: la escalera: me quedaba la escalera. Subí muy rápido y llegué al pasillo que conducía a las habitaciones. Sí, la casa era, volví a confirmar, la misma.
Apareció de nuevo la persona a mi derecha; otra vez fracasó mi intento de mirarla de frente.
-Te fuiste –me dijo con voz tranquila y pausada-. ¿Por qué te fuiste? Hiciste mal en irte, me hiciste enojar, me dejaste hablándole a nadie.
Seguía a la derecha, pero cada vez que me distraía, se movía un poco más cerca. Cuando estuvo tan cerca que parecía que iba a tocarme, corrí a la que era la habitación de mis abuelos; podía escapar por la ventana, saltar, no era tan alto.
-No te podés escapar –escuché que susurraba en mi oído derecho-, no seas ingenua. Ellos tampoco pudieron. Ahora están en el lago. No sabés nada.
No contesté. Salí de la habitación y decidí bajar y enfrentar a la vieja; la escuchaba atragantándose y tosiendo cada vez más fuerte.
En el living. La vieja ya no estaba en la mesa, permanecía parada al lado de la ventana. Me quedé quieta en mi lugar, pensando qué hacer, cómo hacer. La vieja se dio vuelta, muy len-ta-men-te, y se levantó el vestido. Tenía escritas unas palabras en el estómago, escritas con la repugnante comida amarilla. No llegaba a leerlas; sabía que tenía que leerlas, que ahí estaba la respuesta. Me acerqué con cautela. La vieja no se movía. Me acerqué más; tenía miedo. No se movía; un poco más. El corazón me latía muy fuerte; un poco más, más cerca… Finalmente, estuve lo suficientemente cerca como para ver que sobre la piel de su gordo y flojo estómago se leía “No es la misma casa”.
Roberta.

19 comentarios:

vero dijo...

cómo se animó a leer en la panza de la vieja!!
la casa de tus abuelos era buenísima. nunca me voy a olvidar de los cumpleaños que tu mamá y tu tía organizaban juegos (p.e ponerle la cola al chancho)
una vez tuve una pesadilla en la casa de mis abuelos: entraban unos ladrones y me tenía que esconder y cada vez que me elegía un lugar y llegaba a él me daba cuenta de que me iban a encontrar. es horrible.

Taller de Masajes dijo...
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Rogelio dijo...

Juntá coraje nena: el próximo sueño es el fondo del lago.

Excelente relato, excelente clima. Me recuerda un texto propio que no encontré para linkear, en cuanto a la atmósfera onírica pero "no de cualquier sueño", si no de "esos donde uno trabaja algo" (espero que las comillas sean claras).
En el mío también había una vieja maligna.
Y un bebé.
Y yo me identificaba con ambos.
Un asco, totalmente.

Lautaro dijo...

"...tenía una expresión siniestra, una mirada que no podía ocultar el mal. Era el mal. "

lu dijo...

Yo me acuerdo del jardín de la casa de tu abuela...muy cuidado y grande, con una hamaca colgada de un árbol...me acuerdo del cumpleaños que se prendió fuego la torta con forma de calesita...por suerte no llegó al pastel en sí, estaba muy rico...

Kaitos dijo...

Impresionante.

Inmediatamente me remonté a la casa de mis abuelos paternos, no a la de los maternos, porque yo vivo en ella.

Me remonté y me acordé de sueños y situaciones que en este momento no sé si son ficticias...

Yo no sé si hubiera tenido el coraje de acercarme a los detalles, creo que me hubiera quedado petrificado junto a la escalera, intentando pasar desapercibido, que ni mi corazón hiciera ruido alguno.

El pantano, viva imagen, cruel imagen, de la desesperanza, de la pudredumbre eterna. La sola idea me desalienta. Es como el sótano de mis abuelos, siempre lleno de agua, con la promesa de ratas y vidrios rotos.

Un escozor recorrió la imagen, que ya cargada de significados estaba, y se estrella contra el suelo, producto del peso de la última gota.

...

Impresionante.

Beso

Natalia dijo...

¡Me ha gustado mucho! Aunque hubiese preferido un nombre un tanto más oscuro que no le quitara la mencionada onda al texto.
Y me llama la atención cuando hacés notar que no le podrías decir "vieja" a tu abuela. Ay Roberta.
Laidea del pantano, el cuerpo, la comida y la vieja son lo mejor del texto para mí.

rogelio dijo...

A mi, justamente, me gusta que el titulo no tenga nada que ver con el clima del texto, y si con el contenido, de una manera... tangencial, transversal.

Me parece que le agrega una dimensión al texto, y una dimensión moderadamente cínica de no tomarse en serio a si misma, no creerse lo tétrico, salir de atrás del escenario a decir "miren: son muñecos!" "son miedos infantiles, no más"...

roberta dijo...

Lu, Vero, yo también me estuve acordando de los cumpleaños en lo de mi abuela. La vez que se quemó la torta fue genial: me acuerdo de mi vieja apagando el incendio pisando el lindo adorno.
Y también me acuerdo un cumpleaños en el que se rompió la hamaca. Me acuerdo porque yo me estaba hamacando. No sé si te acordás, Vero, pero el juego era hamacarnos una cierta cantidad de tiempo, y creo que el tiempo lo llevabas vos; yo me estaba quedando de más, y vos te enojaste. Y bueno, después se rompió la hamaca y fue malo para todos: yo me caí, ustedes se quedaron sin hamacarse.

Gracias, Rogelio. Me muero si sueño con ese pantano, me daba mucho miedo. Y tenés razón en todo lo demás, las comillas se entienden perfecto.

Las viejas pueden ser muy siniestras, ¿no? Los bebés también. Todo lo que no es abiertamente siniestro y malo, lo que casi que no puede serlo, da mucho más miedo cuando se transforma en (o lo imaginamos como) siniestro y malo. Como los muñecos. O Lautaro.

Gracias Kaitos. Pasar desapercibida no era para mí una opción, la vieja ya me había visto, ella me encontró primero. Lo único que quedaba era tratar de escapar. O el pantano.
Las casas de los abuelos suelen tener un halo de misterio; así me gusta pensarlo, al menos.

Nats, el título fue un problema, ninguno me convencía, no quería uno que revelara el final, ni que hablara de un sueño, pero tampoco dejarlo sin título. Finalmente, como dice Rogelio, me decidí por uno que, en algún sentido, no tiene nada que ver; pero en otro sí.
Para mí también esas que decís son las mejores partes, lo de la comida me gusta. Y también la persona a la derecha.
Y no, claro que mi abuela no es una vieja.

Saludos!

vero dijo...

me acuerdo que se rompió la hamaca, no de que yo tomaba el tiempo: qué raro enojándome por esas cosas...
a mi no me sorprende que no le digas vieja a tu abuela, me parece muy coherente, además.
olvidaba, lo del pantano es muy angustianate.

Lautaro dijo...

jajjajaja

"Las viejas pueden ser muy siniestras, ¿no? Los bebés también. Todo lo que no es abiertamente siniestro y malo, lo que casi que no puede serlo, da mucho más miedo cuando se transforma en (o lo imaginamos como) siniestro y malo. Como los muñecos. O Lautaro."



Eso, va a ser el prólogo de mi primer libro.
Y lo que diga la lápida de mi tumba.
Y mi CV.

lu dijo...

Yo me acuerdo perfectamente. Era 1 minuto de hamaca por persona. Pero no me acuerdo quien medía el tiempo, aunque me imagino a Verónica perfectamente en el papel de Cronos...
Y sí, también recuerdo a tu mamá agarrando el techo de la calesita en llamas tirandolo al suelo para apagarlo...

vero dijo...

de chiquita era un poco dura yo...

Cronopio Antihéroe dijo...

suspense. gran clima. un poco de miedo.



es un placer leerla.



saludos...

roberta dijo...

Sabía que te iba a gustar Lautaro, explotalo nomás.

Sí, sí; era Vero tomando el tiempo. Demasiados recuerdos, la nostalgia me está matando, no saben. ¿Pueden creer que seamos todavía amigas, las mismas, desde esa época?
Y encima voy y cumplo años ayer...

Muchas gracias Cronopio, siempre un placer que a una le digan que es un placer.

Saludos!

Anónimo dijo...

Me encontré aqui de casualidad, de repente leí un relato que me sonaba conocido (no hay plagio, es claro). Mientras pasaba los párrafos trataba de encontrar el nombre que se me había escapado, quizas buscaba un modo de salir... como tu personaje, Roberta. Finalmente lo encontré perdido en mi memoria: Anton Chejov. No quiero decir que seas como él o que lo que has dicho se pueda relacionar a él, no, nada de eso. Pero siempre se sabe todo... de antemano como en Chejov, es claro que no es la casa de la abuela, es claro que ella no está muerta (aunque por un instante dudé), es claro que nunca saldrá, quiero decir: ya se sabe. Se sabe lo que es y lo que será, pero no lo que fué. El que hace plagio soy yo, ahora, porque parafraseo a Deleuze en 'Tres novelas cortas o qué ha pasado' de Mil mesetas. Menos mal que empecé a escribir esto porque sino no me hubiera acordado de estas cosas.
Me gustó, Roberta.
Voy a seguir leyendo.

Neal.

roberta dijo...

Neal, a mí me gustó mucho tu comentario, uno de los mejores que me hicieron, en serio. Hay algo en el tono... no sé. Debería leer a Chejov, me tentaste.

Ojalá sigas leyendo, alguno de estos días voy a volver.

Te saludo.

Anónimo dijo...

Roberta, recibo tu saludo. Qué alegría saber que leíste mis comentarios!!! Chejov es muy interesante, recomiendo 'El monje negro' es un relato, pero creo que también es el nombre de un libro de relatos, yo lo leí hace tiempo pero recuerdo sus páginas muy gratamente. Aunque prefiero a otro nordicos enfermos. Ahora me acuerdo de Knut Hamsun que en algun libro (creo que Pan) dice: "Gracias, Ernesta, por haber pronunciado al menos una vez mi nombre, aunque no ponga en ello toda la pasión que yo pongo al pronunciar el suyo, aunque tan solo sea para quitarle el tedio por un instante a su nuevo huesped"
(Notesé la facilidad para cambiar Ernesta por Roberta)
esperando a que vuelvas,
Neal.

Anónimo dijo...

estas mal