-A veces quisiera que estuviera muerto –dijo sin mirarme, sin mirar nada.
-¿Qué estuviera muerto quién?
-Él, quién va a ser.
-Ah, claro.
-Trato de imaginarme qué sentiría si un día, después de no haber sabido nada de Él por, digamos, una semana, sonara el teléfono y al atender, una voz que, esforzándose en parecer más grave, como para dar indicios de que la noticia va a ser mala, me dijera, balbuceando: “Él tuvo un accidente, lo atropelló el tren”. Pienso cuál podría ser mi reacción; en una situación como esa no se me ocurre nada que no estuviera permitido: puedo putear al mensajero, hasta culparlo, puedo cortar sin decir nada, revolear el teléfono contra la ventana y romper el vidrio, siempre quise romper una ventana, nunca me animé, nunca tuve una excusa; cualquier cosa, puedo hacer cualquier cosa. En momentos de extremo dolor, pareciera que uno está justificado a todo. Y lo está.
-Sí, puede ser… pero, ¿un tren? ¿No puede morir de otra manera?
-No importa, el punto no es qué me dicen, cómo, mi reacción; eso solamente lo imagino para ponerme en contexto, para tratar de acomodarme mentalmente a la escena en que me descubren su muerte. Pienso todos los detalles, tiene que ser lo más real posible, tengo que creérmelo; y ahí, ahí cuando parece que me lo creo… ¿qué sentiría?
-Te sentirías mal, ¿cómo te vas a sentir?
-Me sentiría mal, claro, seguro; pero por qué exactamente me sentiría mal, no puedo decidirlo, esa es la cuestión –dijo con un resto de malestar, como si yo no estuviera entendiendo de qué me hablaba.
-No entiendo de qué me hablás: te sentirías mal porque lo querés y nadie quiere que se muera alguien que quiere.
-Sí, está bien. Pero desde el momento en el que quiero, a veces, que se muera, eso no es tan así: no sé si me sentiría mal por haber deseado su muerte, o porque de alguna manera mis deseos contribuyen al orden del cosmos y yo no quería ser culpable de nada, no quería matarlo, o porque está muerto y su muerte me duele, o porque su muerte debería dolerme y no me duele, ¿entendés?
-Mmm, no sé, más o menos…
-Al fin y al cabo, sería todo mucho más fácil si se muriera: nadie podría hacerme reclamos, o podrían, pero yo no sentiría la obligación de responder; podría hacer lo que quisiera, podría no hacer nada, pasarme los días durmiendo, o en la calle, o drogada, o tomando whisky; podría tratarlos mal, despreciarlos, ¿qué me van a decir?, si está muerto; no me sentiría culpable por nada, no sentiría compasión por nadie, ni siquiera por mí, si yo quería, a veces, que estuviera muerto.
-¿Y por qué vas a querer despreciarlos, vivir así, tomar whisky? Te vas a quedar sola.
-Probablemente; sí, no importa. Estoy cansada de todos, no soporto a la gente, no soporto tener que mantener ninguna relación amable con nadie, implica demasiado esfuerzo; no tengo ganas de ser buena, es eso.
-¿Y por qué no sos mala y ya? ¿No podés ser mala sin que nadie se muera?
-No. Necesito una excusa, no puedo ser mala porque sí, me sentiría culpable. Necesito la impunidad del sufrimiento.
-¿No te parece que desearle la muerte ya te hace mala? ¿Cuál es tu excusa ahora?
-No puedo evitar desear que se muera, el pensamiento se me impone solo; esa es mi excusa. No la tendría si lo matara, pero yo sólo quiero, a veces, que se muera.
-No puedo creer lo que decís, y con tanta calma.
-Es más, si lo pienso mejor, quizás ni siquiera es Él quien quiero que se muera; quizás quiero que se muera alguien, cualquiera; cualquiera cercano a mí y que me importe; que me importe lo suficiente como para sentir por un tiempo considerable que no le debo nada a nadie.
-¡Lo que decís no tiene sentido! –dije tomándola por los hombros y sacudiéndola como para que reaccionara-: para no sentirte culpable por absolutamente nada que hagas, para que todas tus acciones, ante vos y ante los demás, pero sobre todo ante vos, estén justificadas, necesitás un gran dolor, necesitás que se muera alguien que querés; ¿y con la culpa de haber querido que se muriera, qué hacés?
-De haber querido a-ve-ces, ¡a veces!, que se muriera -dijo casi gritando-. A ver, otra vez: todo depende de cómo me sienta ante la supuesta muerte, por eso trato de imaginarlo: si me siento realmente mal, dolida, desgarrada, me voy a arrepentir sinceramente de haber querido, a veces, que se muriera, voy a darme cuenta que no sabía de qué estaba hablando ni cuánto iba a sufrir, no sabía cuánto peso tenía en mi vida, cuánto lo quería y todas esas cosas que está bien sentir, y que en la mayoría de los casos uno sólo siente frente a la muerte del otro, o frente a cualquier pérdida definitiva; así somos las personas, ¿viste?, no sabemos cuánto queremos lo que tenemos hasta que ya no lo tenemos: es nuestra condena, vivir en un continuo desfasaje, de ahí que sea imposible la felicidad, de ahí que sólo podamos decir que éramos felices y nunca que somos felices; lo que sí somos es imbéciles. En fin, decía, arrepentirme me a va a redimir de haber deseado su muerte, y ahí sí voy a poder hacer lo que quiera sin que me importe nada ni nadie. El problema sería sentirme mal por no sentirme realmente mal, esa sería la peor situación posible, porque todo habría sido en vano; en ese caso, culpas por todos lados, ¿me seguís?
-Sí, y me da impresión lo que decís, no te puedo escuchar.
-Claro, tiene que darte impresión: vos estás en la lista de personas lo suficientemente importantes para mí como para que quiera que se mueran. Si lo pensás bien, deberías sentirte halagada.
-…
-Ah, no me hagas caso, no lo digo en serio. Vamos a tomar algo –dijo riendo.
Roberta.