martes 17 de febrero de 2009

Cuestión de seguridad

Poli que te mira, nena. Se da vuelta y casi que te olfatea. Reprimís las ganas de vomitar: está claro quién tiene el garrote.

martes 12 de febrero de 2008

El cuerpo agresivo

La carne es pesada y para cargarla hay que empaquetarla. Los paquetes tienen formas diferentes que dependen de la virtud del artífice. Sabemos que es ambiguo decir la virtud de un hombre pero nos hacemos cargo; estamos hablando, también, de moral.
La carne apretada entra por los ojos. Interpela, no pide permiso, violenta. Busca provocar pero no explicita qué. Para apoyar esta sentencia tenemos dos situaciones extremas. Una, cuando la carne apretada no provoca-nada- y resulta patética. Dos, cuando la carne apretada provoca y se vuelve odiosa. En ambos casos tenemos terceros, observadores afectados, en esto de la provocación, provocados. Terceros que no quieren ver y no pueden no hacerlo.
Pero, ¿por qué los convoca la carne apretada? Parece que hay algo de envidia al ver a aquel que puede llevar con orgullo su carne: es notable como a algunos la carne no les pesa.

martes 15 de enero de 2008

De vecinos y edades

El leñador aprieta su mano y en el mismo acto le da un bife a su corazón. Es que el gran perro que tiene el hombre había volteado a la abuela de la chica la semana pasada; a la abuela recién operada y de lengua serpentina. Por esto él se les acercó y así disculparse. Ella se puso nerviosa: la seguridad de él, la cretinez de la abuela. Cada uno sabía lo que hacía aunque ella no se hubiera imaginado el primer contacto en ese contexto.
Hace un tiempo lo había descubierto. Vive a una casa de su abuela en una casa que es sólo un portón en una pared de ladrillos. Él sale siempre con cosas: debe trabajar en construcción. Con sus cuarenta bien llevados, carga un montón de hijos en una break destartalada de modelo irreconocible. Sabe que la mira mas quiere guardar el recato. Además no tiene idea de cómo hacer. Alguna vez se saludan o sonríen, que es lo mismo pero más.
Ahora él le apretó la mano y se fue. Ella quedó roja y sin respiración mientras su abuela sonreía por haberle puesto los puntos al tipo ese. Cada cual atiende su juego.

lunes 3 de diciembre de 2007

El existencialismo se equivocó

El existencialismo se equivocó. No es una denuncia fundamental la que declara que cuando creo que no elijo, elijo no elegir. En una me arriesgo y digo: es trivial. No toda decisión es importante y está demostrado que la elección supone una actitud vuelta sobre sí que no es posible a cada instante, si además se pretende dar lugar a la experiencia; esto es: si se quiere una vida que tenga en cuenta algo más que lo propio. No quiero irme por las ramas, así que vuelvo a lo que me convoca. No toda decisión es importante y esto no quiere decir que todo lo que hago no me determina, si no que no todo de igual manera. A ver si un ejemplo aclara.
Yo no quiero ser Amélie. De hecho, me da miedo ser Amélie. Su vida de literatura, encantadora a simple vista, en mis términos, es de superviviente. De quien se construye un mundo que conoce, lleno de sentidos que no puede no disfrutar. Como en ese mundo entra sólo lo que le gusta, la felicidad viene de suyo: encuentra lo que puso, no es ningún misterio; no hay tesoro, no hay sorpresa. Fundamentalmente lo que hay es miedo y, de la mano, soledad. Amélie no me da ternura, me irrita con su cuidado.
Es claro que sólo nos da temor la fiera que puede atacarnos. Puedo ser una persona muy precavida y por eso digo, también, que no toda decisión es tan fundamental. Es paradójico, quizá, pero para vivir bien hay que dejarse vivir un poco. En algún sentido creo que puedo sostener-y esto no es una apología- la idea de que un poco de dolor es deseable.


Nota al pie: Es muy probable que esto esté lleno de agujeros argumentativos, no sean rigurosos, por favor.

martes 27 de noviembre de 2007

Dios ha muerto

No media distancia entre la cosa y yo.
Fui:
madre, padre, hermano;

1 novio, 4 amores, 15 amantes;

vladimir, boris, horacio, fiodor, leon;
2500m de pileta, 5 veces por semana de gimnasio, las 16 vocales del francés;
el pan amasado cada día, la ensalada de 2 pesos que dura 2 comidas, los ñoquis del 29;
sólo bicicleta, un colectivo distinto cada día, toda distancia menor a 40 cuadras se camina.


miércoles 14 de noviembre de 2007

Mujer-Globo



sábado 3 de noviembre de 2007




Estaba llegando tarde una vez más. Perseguí una calle desolada para poder desplegar la masculinidad que me apodera cuando camino extremadamente rápido sin que nadie pudiera verme. Una vez que alcancé la Av. San Martín disminuí la velocidad al darme cuenta que el tren todavía no había llegado a la estación. Crucé la avenida lentamente mientras me acomodaba la ropa que se había desordenado por haber caminado cuasi corriendo y me había adjetivado por un momento de desfachatada.
Cuando lo vi.
Un cuerpo escuálido, no así débil. El pelo largo y desprolijo caía sobre la cara, lo que le otorgaba un estilo grunge y lo hacía contemporáneo mío.
En su ropa desaliñada lo reconocí amante de la música. De buena música. Es decir…vestía una remera con el nombre de la banda del cantante de Nick Cave. Mil puntos.

Este cuerpo me gusta -pensé.

Subí al tren e increíblemente había asientos desocupados.
-Voy a poder leer- le dijo uno de mis yo a otro.
Tomé asiento en el lado que no es el de la ventanilla.
-Permiso- escuché decir.
Levanté la mirada y ahí estaba el cuerpo de hace un rato. Lo dejé pasar y volví a tomar asiento.
-Gracias- dijo.
-De nada- dije.
-¿Qué?- me interrogó.
-De nada- repetí.
-Disculpá, no entiendo lo que decís-. Insistió.
- No…que…de nada. Vos me dijiste gracias y yo dije de nada-. Enuncié, rompiendo con la intriga.
-Ah. Está bien- dijo.

Saqué mi libro y empecé a ojearlo. El cuerpo sacó un libro. De reojo lo vi. Tenía que saber qué estaba leyendo. Me esforcé por ver el autor o en su defecto el título sin que se diera cuenta y, por supuesto, sin un buen resultado. Me vio hurgando con la mirada entre sus cosas. Giré mi cabeza hacia el lado contrario, el del pasillo y empecé a divagar sobre la cuestión: un medio de transporte público y una persona tiene, por ejemplo, el diario La Razón. Otro pasajero, aburrido, intenta disimuladamente leer algo en ese diario que no le pertenece, algo que probablemente no le interesa, pero el lector dueño parece notarlo e incomodarse. Comienza a contorsionar el diario de forma de sólo poder leer él y el lector intruso actúa aparentando que no estaba tratando de leer nada.
¿Pero qué conclusión intento encontrar por pensar tal estupidez? -me interrumpí.

En fin, él leía a Camus. Mil puntos más. El tren iba más rápido que de costumbre, quizá la poca presencia de pasajeros lo hacía más liviano y le otorgaba, por tanto, la posibilidad de aumentar la velocidad. Como los dos estábamos sosteniendo libros abiertos, nuestros codos se alejaban del resto de nuestros propios cuerpos y se rozaban entre sí. Pronto, nuestros brazos completos estaban uno pegado al del otro. Su brazo paralelo al mío y sobre el mío. Mi brazo paralelo al de él y sobre el de él. Como hacía calor ambos estábamos en remera. Era nuestra piel.
-Para mí, esta secuencia es medio sexual- pensé-. ¿Estaré imaginando cosas? ¡Es el brazo, el brazo! Estoy delirando pero…para mí acá hay algo sexual. Freud ya dijo que las zonas erógenas puede ser cualquier parte del cuerpo, pero un brazo sobre otro brazo ¡Es un brazo! Es el brazo de un cuerpo al que vi por primera vez en mi vida hace una estación de tren atrás, con el que intercambié sólo 29 palabras intranscendentes. Soy una ridícula, esto me debe estar pasando sólo a mí, él debe estar pensando en los bubones. Igual, él es quien está buscando mi brazo. Yo se lo permito. No sé. Cuestión de piel. ¿no? Debe ser esto. Mmnn, creo que es el amore de mi vida. Le gusta la música, la literatura, es flaco. Su brazo me enciende.

El tren llegó a Constitución. Bajé y él lo hizo detrás mío. Intercambiamos miradas mientras salíamos del ámbito de la estación. Por un momento, me pareció que se dirigía hacia mí. Que por fin me iba a hablar. Cuando, de repente, escucho gritos de mujer. Miro hacia delante y descubro la siguiente situación: un personaje siniestro y muy obeso. Obeso y fuerte. Empieza a pegarle a otro personaje de mucha menor contextura, lo cual, de todos modos, no lo hacía flaco. Una mujer obesa trataba de separarlos. El obeso y fuerte número 1 le pegaba violentamente en el rostro al de menor contextura que por su vestimenta se deducía que era uno de los vendedores de panchos que trabajan dentro de la estación. Este último recibía fuertes golpes y si bien trataba de defenderse y devolver alguna piña intentaba mucho más escapar. Todo esto transcurría entre los gritos de la gorda que balbuceaba y pedía al obeso número 1 que soltara al no tan obeso número 2. Se escuchaban ruidos como si se pegase a una pared o a algo duro, golpes secos de un puño cerrado deformando la cara de un contrincante. Comencé a sentir un malestar. Luego, el más flaco logró soltarse y entró por uno de los extremos del puesto de hamburguesas y tratando de escapar intentó salir por el otro pero trastabilló y cayó al suelo. El gordo le lanzó un balde que contenía un líquido que por un momento sentí pánico de que fuera aceite o agua hirviendo pero era el agua de los panchos, lo cual era definitivamente mucho peor. En ese momento, el caído comenzó a levantarse del suelo y pude ver su cara desfigurada y bañada en sangre. Sangre roja que le cubría toda la cara y goteaba hasta el cuello. Principalmente estaba concentrada en la nariz.
¡Ahh!- pensé.
Sentí una contracción en mi estómago y no lo pude controlar. Empecé a vomitar. No podía detenerlo. La gorda lo ayudó a levantarse y le cuestionaba para qué se había metido.
Le decía:-¿Para qué te metiste?
-La compulsión por hablar- logré pensar. La necesidad de decir algo aunque sea una estupidez, algo que no ayuda. ¿Para qué sirve lo que le dice?
Entre las palabras de ella a mí me dolía la garganta y no podía parar de vomitar. Me salía por la boca y por la nariz y algo así como lágrimas derramaban mis ojos, sin embargo, yo no estaba llorando. Mientras estaba detenida en la estación, un tanto contorsionada para no ensuciarme, mientras sustancias seguían siendo expulsadas de mi cuerpo levanté la mirada y sus ojos, los del cuerpo del tren, de quien en esos momentos me había olvidado, se posaron en los míos. Chau amore de mi vida. Esto es irremontable.
Eché una última mirada al malherido y al agresor. También a la gorda y al público excitado que hacía rato se había amontonado para disfrutar del espectáculo mientras saboreaban sus choripanes y su vino.
Me erguí, pasé mi mano por la boca en gesto de limpiarme elementalmente.
Con que dictadura del proletariado ¿no?-pensé.




Natalia Q.
(contra una interpretación en línea recta)

lunes 29 de octubre de 2007

Otros 50

Tanta teta ví, carne apretada, tanga triángulo. Mucho modal, algodón berreta, peluquero ex-Llongueras. Al momento del baile: la nena que hace danza, menea, abajo, menea. Las señoras, el trencito, corbata a la cabeza, las manos agarran caderas.
La comida era de primera, hasta reventar. Lengua a la vinagreta, vittel thoné y pan, pan, pan, por si quieren hacerse sandwichs. El daiquiri de durazno, que se canceló cuando la licuadora colapsó intentando moler cuatro piedras de hielo, fue reemplazado por Dr. Lemon y Pronto Shake*. Sólo vino rosado.
Por suerte el equipo se rompió y el mago no tuvo micrófono. Se canceló, en el mismo orden, el video casero.
Sandra quedó muy conforme y dejó que nos sacáramos el delantal y fuéramos a brindar; ya sólo quedaban los de confianza.



*Sí, otra vez estas bebidas en un texto mío. Me producen una impresión muy fuerte como para evitarlas. Prefiero ser repetitiva.

jueves 4 de octubre de 2007

Esto es lo que me pasa por no haber superado que mis abuelos, hace más de cuatro años, se mudaran

No era una casa parecida a la de mi abuela, era la casa de mi abuela. No; no estaba situada en la misma calle, tampoco había forma de lograr una vista completa del exterior para corroborar que, desde afuera, se viera como la casa de mi abuela. No estaba mi abuela, no estaba mi abuelo; hacía tiempo que ya no vivían ahí; más tiempo hacía que yo no iba. Pero era la casa de mi abuela, sin discusión.
Me encontraba en el living. La imponente escalera de mármol era la misma; lo sabía por los sentimientos que me despertaba mirarla, por los recuerdos que traía: la escalera del recuerdo era igual a esa, esa no podía ser otra.
Faltaban las personas; no sabía cuánto más debía esperar que aparecieran, no sabía con certeza que fueran a llegar; sentía que sí, y era suficiente para seguir esperando. En una esquina escuché una leve tos; me di vuelta sin sobresalto y la vi: vieja, gorda, muy blanca, con el pelo matizado en gris. No, no era mi abuela, ya sabía que ella no iba a ser parte de la historia; además, nunca le diría “vieja” a mi abuela. Era, no hacía falta que lo dijera, la dueña de casa, de la casa de mi abuela; tenía una expresión siniestra, una mirada que no podía ocultar el mal. Era el mal. No dijo nada, se quedó ahí sentada, en el sillón verde de pana, mirándome, desafiándome. Yo tampoco dije nada. Tuve miedo y caminé hacia la habitación contigua, rogando que todo estuviera en su lugar, sobre todo la salida.
El comedor diario era también como el de mi abuela; definitivamente, la casa era la misma. Pasé a la cocina; ahí, me acordaba bien, debería haber una puerta que diera a un jardín, dando la vuelta por el jardín, podría salir a la calle sin tener que atravesar la zona de la vieja. En efecto: la puerta. La abrí. Salí. No había jardín. Había un gran lago, pantanoso, con plantas de un verde muy oscuro, casi negro. No había jardín, pero seguía siendo la casa de mi abuela; tenía miedo de que ese lago me hiciera olvidar este hecho y la casa desapareciera para siempre. Me daba vuelta cada vez que mi mente empezaba a dispersarse en esta nueva escena desconocida. Y la casa seguía ahí.
De repente, apareció una figura al costado de mi campo visual, del lado derecho. Me di vuelta para mirarla bien, pero seguía estando en el mismo lugar con respecto a mí. No había modo de mirarla de frente, no había modo de que pasara a estar del lado izquierdo, o en cualquier otro lado que no fuera mi lado derecho. No podía distinguir su cara; sí que tenía el pelo corto, y un traje azul, muy fino. Pero no sabía si era hombre o mujer; parecía una mezcla de ambos, o por momentos uno, por momentos otro. Su voz tampoco me permitía decidirlo. Me di cuenta que estaba hablando y yo no estaba escuchando. Le pregunté qué había dicho.
-Si te acordás que acá, en este pantano, desapareció hace mucho una chica; flaquita, de pelo corto; así, parecida a vos, y que vivía en esta casa.
“¡La casa!”, pensé. Me di vuelta rápidamente; seguía ahí. Respiré aliviada. La vieja también; aunque no la veía, escuchaba su tos de vez en cuando.
-Nadie que vivió en esta casa desapareció nunca –dije con seguridad mientras empezaba a caminar buscando el sendero de piedritas que conducía al portón de entrada. Y, ante todo, de salida.
-¿Cómo sabés? –dijo acompañándome desde la derecha y siempre a la misma distancia.
-Lo sé y punto. ¿Querés saber por qué lo sé?
-No, no en realidad. Mirá –dijo mientras revolvía con la mano en el agua espesa, entre verde y marrón y de la que sobresalían raíces de árboles muy viejos.
Pensé que estaba buscando el cuerpo, o una parte del cuerpo, o alguna de sus ropas. Pensé que si seguía mirando, iba a reconocer lo que sacara. No quería saber nada de eso. El camino de piedritas podía esperar, prefería entrar a la casa, a lo conocido, y arriesgarme a encontrar otra vez a la vieja que quedarme ahí y ver el cuerpo. Que probablemente fuera mi cuerpo.
Mientras corría en dirección a la casa, que se había alejado un poco, la voz se iba haciendo más difusa. Ya no la escuchaba con el oído izquierdo cuando entré; todavía persistía un lejano murmullo en el oído derecho. Caminé sin hacer ruido, quizá la vieja se había dormido y podría salir por la puerta principal.
La escalera, la misma. La vieja estaba ahora en una silla, de espaldas a mí, de frente a la puerta. No había modo de salir sin que me viera, ni valía la pena intentarlo. De pronto, pegó un grito desgarrador; se dio vuelta y vi que tenía la boca llena de comida; no sé qué era, algo amarillo, líquido pero grumoso; lo que no tragaba, resbalaba por su pera y su cuello antes de caer al piso. Me miró fijo y me dijo algo indescifrable, el exceso de comida me impedía entenderlo. Me pareció que era “Nunca vas a salir”.
Estaba atrapada en la casa de mi abuela, en la casa de mi abuela eterna de mi recuerdo, abandonada y usurpada por esos extraños personajes que sólo buscaban torturarme. No había salida: o el lago y lo que no quería saber que ocultaba, o la vieja custodiando la puerta.
O sí había: la escalera: me quedaba la escalera. Subí muy rápido y llegué al pasillo que conducía a las habitaciones. Sí, la casa era, volví a confirmar, la misma.
Apareció de nuevo la persona a mi derecha; otra vez fracasó mi intento de mirarla de frente.
-Te fuiste –me dijo con voz tranquila y pausada-. ¿Por qué te fuiste? Hiciste mal en irte, me hiciste enojar, me dejaste hablándole a nadie.
Seguía a la derecha, pero cada vez que me distraía, se movía un poco más cerca. Cuando estuvo tan cerca que parecía que iba a tocarme, corrí a la que era la habitación de mis abuelos; podía escapar por la ventana, saltar, no era tan alto.
-No te podés escapar –escuché que susurraba en mi oído derecho-, no seas ingenua. Ellos tampoco pudieron. Ahora están en el lago. No sabés nada.
No contesté. Salí de la habitación y decidí bajar y enfrentar a la vieja; la escuchaba atragantándose y tosiendo cada vez más fuerte.
En el living. La vieja ya no estaba en la mesa, permanecía parada al lado de la ventana. Me quedé quieta en mi lugar, pensando qué hacer, cómo hacer. La vieja se dio vuelta, muy len-ta-men-te, y se levantó el vestido. Tenía escritas unas palabras en el estómago, escritas con la repugnante comida amarilla. No llegaba a leerlas; sabía que tenía que leerlas, que ahí estaba la respuesta. Me acerqué con cautela. La vieja no se movía. Me acerqué más; tenía miedo. No se movía; un poco más. El corazón me latía muy fuerte; un poco más, más cerca… Finalmente, estuve lo suficientemente cerca como para ver que sobre la piel de su gordo y flojo estómago se leía “No es la misma casa”.
Roberta.

jueves 27 de septiembre de 2007

El hombre infecto


Es una herida profunda. Una gran llaga en carne viva. Rellena de pus, desborda sangre todavía húmeda. Chorrea saliva que él me ha escupido. Bien puedo sentir como a cada momento se transforma. Se torna una inmundicia que corroe de a breves instantes la pálida piel. Le despierto violencia como al resto de los hombres e impulsos por demostrar que por mí no siente más que asco. Le repugno. Me lo dijo. No. No me lo dijo. Comienza con su dedo í­ndice a revolver en esa antigua herida que ha sido recientemente abierta. Reabierta. Grito y me desgarro mientras introduce sus mugrientas uñas y empieza a escarbar. Juega con el pus. Le gusta que yo sea infecta. Remueve sus dedos en el interior y me retuerzo de espanto pero parece no darse cuenta. Al mundo le gusta ser cruel. Innecesariamente. Es más difícil ser amable porque toma más trabajo. Como está imposibilitado de tomar conciencia se divierte con la ardorosa llaga que agranda raspando los límites. Cuando siente que estoy a punto de desvanecerme se vuelve indiferente. Sin embargo, al verme en el suelo me escupe de pie. Estoy ya sin voz pero me descubro invitando a una multitud a lastimarme y a meter sus mugrosas manos en la podrida llaga que soy.
Natalia Q.

lunes 24 de septiembre de 2007

Pitufo filósofo

Los 10 años fueron la etapa más oscura de mi vida. Lo único que hacía era leer, comer y angustiarme. Pese a esto, recuerdo algunas de las cosas que me torturaban, desafiando las posibilidades de mi inteligencia, y me causan gracia. A saber:

  1. El tiempo: Si Dios creo el mundo hace pocos miles de años ¿Cómo los dinosaurios existieron hace millones? ¿Y el sexto día? Con esta duda me ponía hacer cuentas, escalas de lo que sería un día en el almanaque del Creador y un año en el de los hombres u otras creaturas.
  2. La política: Yo quería ser presidente pero también quería sera arquitecto. Como veía que todos los presidentes habían sido doctores le rompía la cabeza a mi madre. Le preguntaba, varias veces por semana, si tenía la certeza de que alguien que no fuera médico podría tener el más alto cargo del poder ejecutivo de la Nación. Esto iba a ser un problema.
  3. Los nombres de las cosas: Buscaba el motivo de los nombres de las cosas y, otra vez, le preguntaba a mi madre que, ya harta, me respondía, con un simplificado nominalismo, que los nombres los ponían por convención. Pero ¿Quiénes convinieron que la tabla donde se apoya la comida para almorzar se llamara "mesa"? Suponía que debían haber sido los próceres, padres de la patria, en ese entonces, los personajes más importantes que conocía. El que más habría nombrado era, sin duda, Don José de San Martín.
  4. El sexo: Un día me enteré cómo se daba eso de la concepción de las personas y concluí que mis padres, dada la existencia y correspondiente filiación de mi hermana y de mí, debían haber copulado, al menos, dos veces. Un horror.

miércoles 19 de septiembre de 2007

Pero es a veces, sólo a veces

-A veces quisiera que estuviera muerto –dijo sin mirarme, sin mirar nada.
-¿Qué estuviera muerto quién?
-Él, quién va a ser.
-Ah, claro.
-Trato de imaginarme qué sentiría si un día, después de no haber sabido nada de Él por, digamos, una semana, sonara el teléfono y al atender, una voz que, esforzándose en parecer más grave, como para dar indicios de que la noticia va a ser mala, me dijera, balbuceando: “Él tuvo un accidente, lo atropelló el tren”. Pienso cuál podría ser mi reacción; en una situación como esa no se me ocurre nada que no estuviera permitido: puedo putear al mensajero, hasta culparlo, puedo cortar sin decir nada, revolear el teléfono contra la ventana y romper el vidrio, siempre quise romper una ventana, nunca me animé, nunca tuve una excusa; cualquier cosa, puedo hacer cualquier cosa. En momentos de extremo dolor, pareciera que uno está justificado a todo. Y lo está.
-Sí, puede ser… pero, ¿un tren? ¿No puede morir de otra manera?
-No importa, el punto no es qué me dicen, cómo, mi reacción; eso solamente lo imagino para ponerme en contexto, para tratar de acomodarme mentalmente a la escena en que me descubren su muerte. Pienso todos los detalles, tiene que ser lo más real posible, tengo que creérmelo; y ahí, ahí cuando parece que me lo creo… ¿qué sentiría?
-Te sentirías mal, ¿cómo te vas a sentir?
-Me sentiría mal, claro, seguro; pero por qué exactamente me sentiría mal, no puedo decidirlo, esa es la cuestión –dijo con un resto de malestar, como si yo no estuviera entendiendo de qué me hablaba.
-No entiendo de qué me hablás: te sentirías mal porque lo querés y nadie quiere que se muera alguien que quiere.
-Sí, está bien. Pero desde el momento en el que quiero, a veces, que se muera, eso no es tan así: no sé si me sentiría mal por haber deseado su muerte, o porque de alguna manera mis deseos contribuyen al orden del cosmos y yo no quería ser culpable de nada, no quería matarlo, o porque está muerto y su muerte me duele, o porque su muerte debería dolerme y no me duele, ¿entendés?
-Mmm, no sé, más o menos…
-Al fin y al cabo, sería todo mucho más fácil si se muriera: nadie podría hacerme reclamos, o podrían, pero yo no sentiría la obligación de responder; podría hacer lo que quisiera, podría no hacer nada, pasarme los días durmiendo, o en la calle, o drogada, o tomando whisky; podría tratarlos mal, despreciarlos, ¿qué me van a decir?, si está muerto; no me sentiría culpable por nada, no sentiría compasión por nadie, ni siquiera por mí, si yo quería, a veces, que estuviera muerto.
-¿Y por qué vas a querer despreciarlos, vivir así, tomar whisky? Te vas a quedar sola.
-Probablemente; sí, no importa. Estoy cansada de todos, no soporto a la gente, no soporto tener que mantener ninguna relación amable con nadie, implica demasiado esfuerzo; no tengo ganas de ser buena, es eso.
-¿Y por qué no sos mala y ya? ¿No podés ser mala sin que nadie se muera?
-No. Necesito una excusa, no puedo ser mala porque sí, me sentiría culpable. Necesito la impunidad del sufrimiento.
-¿No te parece que desearle la muerte ya te hace mala? ¿Cuál es tu excusa ahora?
-No puedo evitar desear que se muera, el pensamiento se me impone solo; esa es mi excusa. No la tendría si lo matara, pero yo sólo quiero, a veces, que se muera.
-No puedo creer lo que decís, y con tanta calma.
-Es más, si lo pienso mejor, quizás ni siquiera es Él quien quiero que se muera; quizás quiero que se muera alguien, cualquiera; cualquiera cercano a mí y que me importe; que me importe lo suficiente como para sentir por un tiempo considerable que no le debo nada a nadie.
-¡Lo que decís no tiene sentido! –dije tomándola por los hombros y sacudiéndola como para que reaccionara-: para no sentirte culpable por absolutamente nada que hagas, para que todas tus acciones, ante vos y ante los demás, pero sobre todo ante vos, estén justificadas, necesitás un gran dolor, necesitás que se muera alguien que querés; ¿y con la culpa de haber querido que se muriera, qué hacés?
-De haber querido a-ve-ces, ¡a veces!, que se muriera -dijo casi gritando-. A ver, otra vez: todo depende de cómo me sienta ante la supuesta muerte, por eso trato de imaginarlo: si me siento realmente mal, dolida, desgarrada, me voy a arrepentir sinceramente de haber querido, a veces, que se muriera, voy a darme cuenta que no sabía de qué estaba hablando ni cuánto iba a sufrir, no sabía cuánto peso tenía en mi vida, cuánto lo quería y todas esas cosas que está bien sentir, y que en la mayoría de los casos uno sólo siente frente a la muerte del otro, o frente a cualquier pérdida definitiva; así somos las personas, ¿viste?, no sabemos cuánto queremos lo que tenemos hasta que ya no lo tenemos: es nuestra condena, vivir en un continuo desfasaje, de ahí que sea imposible la felicidad, de ahí que sólo podamos decir que éramos felices y nunca que somos felices; lo que sí somos es imbéciles. En fin, decía, arrepentirme me a va a redimir de haber deseado su muerte, y ahí sí voy a poder hacer lo que quiera sin que me importe nada ni nadie. El problema sería sentirme mal por no sentirme realmente mal, esa sería la peor situación posible, porque todo habría sido en vano; en ese caso, culpas por todos lados, ¿me seguís?
-Sí, y me da impresión lo que decís, no te puedo escuchar.
-Claro, tiene que darte impresión: vos estás en la lista de personas lo suficientemente importantes para mí como para que quiera que se mueran. Si lo pensás bien, deberías sentirte halagada.
-…
-Ah, no me hagas caso, no lo digo en serio. Vamos a tomar algo –dijo riendo.
Roberta.

lunes 3 de septiembre de 2007

Si el perro es manso come la bazofia y no dice nada

Como una costurera taiwanesa que cose active wear para Nike, atiendo mutualistas gallegos y digo que estoy en la calle Eloy Gonzalo de Madrid, propuesto en un neutro tirado de los pelos. Todas las mañanas me levanto 4.20, desayuno y, para hacerme la que no sigo una rutina, salgo a la calle con el mismo disco en el discman a ver qué colectivo pasa primero y me lo tomo. Llego e intercambio las siguientes 5 horas de mi día por unos pesos. Procuro tranquilidad a fin de mes.
Me siento fuera del mundo de los otros esta tarde. En la radio entrevistan a una modelito: que le parece más común plantearse si se compra unas tetas que masturbarse.
Hablé con dos hombres esta semana. Uno procuraba la castidad. Otro pedía una reconstrucción de su pasado por boca de una mujer a la que había lastimado.
Descubrí que parece que es bastante dificil, para una chica criada por una madre que la quiso hacer independiente-de los hombres-, no ser la madre más comprensiva de todo amante ocasional.

viernes 3 de agosto de 2007

Dulces veinticinco

1. "Se vienen los cuatro siglos" dijo abuela. "Andá pensando en el regalo que te doy cien pesos pero quiero ver qué te comprás"

2. 1. Papá hizo canelones.
P: "Me levanté a las 6 para hacerlos, hija", dijo mostrando la pila de panqueques sin rellenar a las 12.30 cuando mi panza no se conformaba más con esquivar el hambre con ensalada de tomates.
V: "Pero: ¿tanto tardaste, Pa?", acoté timidamente sabiendo de su velocidad y practicidad en la cocina.
P: "Es que tenía aquagym y no quería faltar"
2. Contó algunas cosas sobre mi nacimiento.
P: "Tu mamá tuvo 48 hs. de trabajo de parto, tenías el cordón enroscado en la garganta"
V: "¿Ese no erás vos, Pa?"
P: "Ah, cierto. Vos tenías el cordón corto. De 15 cm. sólo. Fue duro. Yo me pude colar en la sala y ví cuando sacaban el útero y lo cocían para luego volver a meterlo."
V: "¿Sí? Mamá cuenta que tenía hambre y te pidió que le trajeras algo de comer y te apareciste con un pan francés de salame..."

3. Mamá organizó una fiesta, sorpresa. Pero me tuvo que avisar: tenía miedo que yo faltara. Cocinó y decoró la casa. Cuando todo terminó confesó: "Es la primera vez en 25 años que le festejó un cumpleaños. Es que ahora estoy de vacaciones" A nadie se le ocurrió que los años los cumplo todos los años el mismo día. Nos emocionamos.

4. Cumplo 25. Encuentro el motivo de mi preocupación por la piel. Me visto de blanco, cual quinceaniera.

martes 24 de julio de 2007

Armonía preestablecida

Imaginen dos mundos: uno, el mundo material, el de nuestro cuerpo, el de las cosas que podemos tocar y ver; otro, el inmaterial, donde no hay espacio, lo inmaterial no ocupa lugar, donde no hay sonidos, ni colores, ni movimiento, ni figuras, donde lo único que hay son almas.
¿Imaginaron? O mejor, ¿pudieron concebir, realmente concebir esa separación? A mí me resultó muy difícil.
Sigamos.
A esas almas Leibniz las llama mónadas. Las mónadas superiores son las racionales, es decir, nosotros. Después están las animales, algo inferiores, y por último las mónadas "desnudas" o inconscientes.
Resulta que para Leibniz lo único que hay son mónadas. O sea, lo único real es el mundo de las mónadas, el mundo inmaterial; el otro, el de los cuerpos, es una especie de ilusión. Y resulta, como si fuera poco, que cada mónada, cada uno de nosotros, no pierdan de vista que estos somos nosotros, es una unidad que no tiene ningún contacto con las demás: no hay interacción entre las almas, nada de lo que le pasa a una mónada tiene algo que ver con lo que le pasa a otra o con su acción. Esto no implica que a la mónada no le sucedan cosas: atraviesa diferentes estados internos gracias a su propia fuerza inmanente. Uno puede ir de un pensamiento a otro sin necesitar nada más que su propio pensamiento; esa idea me sirvió a mí para entender la cuestión.
La situación en la que esto nos deja es, entonces, la siguiente: no tenemos cuerpo, y no tenemos relación con nadie además de nosotros mismos.
¿Pero cómo puede ser así? ¿Si yo hablo con otros, entablo relaciones, me enamoro, tengo amigos, me ocupo de mi propio cuerpo?
La respuesta de Leibniz a cualquier pregunta en esa dirección es: armonía preestablecida.
Con respecto a las almas, hay una perfecta correspondencia entre cada estado interno de cada uno de nosotros y los estados internos de todos los demás.
Con respecto a los cuerpos, no olviden que son apariencias, hay una perfecta correspondencia entre la acción de cada cuerpo y las acciones de los demás, y lo que explica verdaderamente el movimiento, el cambio, la vida y la muerte no son las leyes de la física, ni de la biología ni de ninguna ciencia, sino esa armonía preestablecida.
La relación entre lo que llamo mi cuerpo y mi alma, la relación entre las impresiones que recibe mi cuerpo y las sensaciones correspondientes en mi alma, no es causal, sino, una vez más, preestablecida.
Y todo esto así fue dispuesto por Dios: acomodó cada cosa para que se correspondiera perfectamente con las demás, pero nada de lo que pasa es producto de la acción de nada sobre nada.
Haría falta un ejemplo para comprender más que palabras, y esto es lo que se me ocurre.
¿Leyeron La invención de Morel, de Bioy Casares? Yo no me acuerdo muy bien la historia, y les aviso que voy a reproducirla de manera que se adapte, al menos en parte, a lo que quiero.
El protagonista, M, aparece en una isla desierta. Allí se encuentra con algunas personas. Sin que lo vean, M los observa conversar, bailar, pelear, besarse. Le gusta en particular una chica; una tarde la sigue; la mira desde un escondite un largo rato hasta que decide hablarle; le habla y ella no le contesta, ni siquiera lo mira, como si M no existiera.
Pasa, digamos, una semana, y M, que siguió observando a estas personas, se da cuenta que un día se empiezan a repetir sus acciones, exactamente de la misma manera que antes. Cada nueva semana, se repite la misma secuencia de acontecimientos: las mismas peleas, las mismas conversaciones, la chica camina por el mismo camino y se sienta con la misma expresión en el mismo lugar.
M encuentra, además, unas máquinas enormes que funcionan sólo cuando la marea está alta, si bien él no comprende cuál es esa función.
Descubre finalmente que las personas no son más que proyecciones de esas grandes máquinas, que no son reales, que no pueden verlo. Aquellos hombres y mujeres que, aunque él no se hubiera dejado ver, habían sido su única compañía, no son más que meras apariencias.
¿Qué hace nuestro protagonista ante esta devastadora situación? Aquí lo sorprendente de la historia: se acomoda a ellas, a las apariencias. Memoriza cada gesto, cada palabra, cada movimiento de cada personaje, y crea uno para él mismo, uno que se ajusta perfectamente a las escenas, que parece interactuar con esos otros ficticios, que parece provocar ciertas reacciones, que parece ser impulsado por ellos a determinadas respuestas y gestos. Pero nada de eso es real; ellos, las ilusiones, no saben nada de él, no le hablan a él, no lo escuchan, no lo miran ni son mirados. M es una mónada y su relación con los demás es producto del orden que estableció.
Con el mundo de Leibniz, salvando las enormes diferencias, pasa algo parecido: parece que interactuamos con los otros y parece que hay una relación entre nuestro cuerpo y nuestra alma. Pero no y no, lo que hay es armonía preestablecida.
Si uno es una mónada racional lo suficientemente inteligente como Leibniz, puede darse cuenta de todo esto reflexionando sobre sí mismo; puede darse cuenta de que el cuerpo propio y cualquier cosa material no es más que un fenómeno, una manera confusa de representarnos la realidad, que está compuesta exclusivamente por mónadas inmateriales inobservables; puede darse cuenta de que hay otros a los que uno no puede acceder jamás, ni los otros a uno.
Si uno es tan inteligente como Leibniz sabe, al igual que M, que no puede más que estar completamente solo.
Roberta.

lunes 23 de julio de 2007


domingo 15 de julio de 2007

Hoy cumple 50 papá (sí, es joven papá)

"¿Vos hacés la torta?" preguntaron. "Sí, bueno" respondí "y un par de cosas dulces más puedo también", agregué. Ahora tengo la tarta de manzana en el horno. Terminé ya las masas para las de chocolate, una con frambuesa, otra con dulce de leche. Llamé recién a Clari, que los chicos la hicieron llorar. Parece que el video que cuenta la historia de la familia es conmovedor. Me pasan a buscar antes del partido. Así esperamos todos juntos a papá en el restorán que viene a las 8 con Marita y el nene y le damos la sorpresa.

jueves 28 de junio de 2007

De cómo descubrí que no tengo sentido común (o de cómo el resto del mundo está tan equivocado)

En el tren, en el subte, en el colectivo, hay dos mundos perfectamente delimitados: el de los parados y el de los sentados. El de los parados es un mundo hostil: todos son enemigos de todos, imperan las miradas de reojo, los empujones con el objetivo de lograr un custodiamiento pleno de algún asiento; es un mundo lleno de tensiones, donde no se puede estar tranquilo porque uno debe mantenerse a la espera atenta de una vacante al otro mundo, el mundo pacífico de los sentados. La gran diferencia entre ambos mundos es que, en el de los sentados, uno se desentiende por completo de lo que y de quienes lo rodean y puede relajarse. En el de los parados, siempre y cuando uno quiera pasar al otro mundo, es imposible relajarse: se despliega una guerra que no descansa de todos contra todos, situación en la que se tiene perfecta noción de los movimientos de los pasajeros más cercanos, pues no se hace más que intentar anticiparlos y neutralizarlos.
Si uno logra acceder al mundo de los privilegiados, hecho que se logra, en una pequeña medida, gracias a las propias capacidades estratégicas, y en una medida algo mayor, gracias al azar, mientras se sienta lo hace con cierta mirada de superioridad hacia aquellos que deben permanecer parados, para luego olvidar casi de inmediato esa batalla silenciosa, como si nunca hubiera ocurrido, y disfrutar tranquilamente de su nueva condición de sentado.
Ahora: que haya guerra no significa que no haya reglas. Son implícitas, nadie nos las enseñó, pero allí están y debemos respetarlas (no me estoy refiriendo a ceder el asiento a viejos, embarazadas y discapacitados, que constituye una obligación explícita).
Una de ellas involucra al mencionado custodiamiento del asiento. Si dos personas están custodiando el mismo asiento, cuando el pasajero relevante se levanta, el lugar corresponde a quien tiene la mayor cantidad de cuerpo rodeando el asiento. Si más o menos la cantidad de cuerpo es la misma, o esto no es claro, el azar decide la cuestión: si el pasajero se levanta y camina hacia la izquierda, el custodiador de la derecha gana el puesto; si se levanta hacia la derecha, lo gana el de la izquierda. A veces, uno puede hacer que el sentado se levante hacia donde uno desea, impidiendo el paso al custodiador enemigo, pero esto no siempre es posible.
Otra regla involucra los elementos de sostén: caños verticales, caños horizontales, aros, los encontramos principalmente en el subte, y respaldos de asientos. Además de la guerra por el asiento, hay una suerte de subguerra por quién obtiene lo mejor de los mencionados elementos; cuando el transporte se encuentra repleto de gente, no es una victoria menor tener de dónde agarrarse.
El otro día experimenté una situación bastante desagradable en relación a esto y que puso en duda mis convicciones.
Subí al subte: no había más asientos. Me coloqué de modo que mi mano derecha quedara justo debajo de uno de esos aros. El aro, según la regla que nos impone, o debería imponer, el sentido común, era claramente mío. Confié en que todos los que me rodeaban sabían eso. Me equivoqué: un hombre, sin dudarlo, atravesó con su enorme brazo la gran distancia que lo separaba de mi aro y, simplemente, lo tomó.
Lo miré. Me devolvió la mirada como si nada.
Descarado.
Empecé a sentir la ira que subía desde mi estómago hasta mi cuello, para concentrarse finalmente en mi mandíbula. No soporté más y le dije, tranquila pero seriamente:
-Disculpe señor, pero ese aro es mío.
-¿Qué?
-Que ese aro es mío -repetí, tratando de mantener la calma.
-Qué decís, nena -dijo, mirando hacia los costados buscando la aprobación del resto de los pasajeros, que observaban la escena con atención pero con distancia, como si fuera una película.
El tipo me estaba tratando de loca. Se sonreía. Lo odié. No me iba a dejar pisotear:
-¡Le estoy diciendo que me devuelva el aro! -le grité, tan fuerte que mis palabras le pegaron en la cara, se tambaleó hacia atrás y se cayó contra una señora, hecho que lo obligó a soltar el aro que yo tomé inmediatamente.
Balbuceó algo que imaginé un insulto y se escondió entre la gente.
Yo tuve que quedarme sosteniendo el aro durante los tres minutos que tardó en salir el subte, sintiéndome entre ridícula y victoriosa.
Miré a mi alrededor y noté, con sorpresa, que todos los aros estaban ocupados. El subte estaba parado y todos los aros ridículamente tomados. En general, de acuerdo a la regla, es claro a quién pertenece el aro. Por lo menos, es claro a quién no pertenece. Digámoslo así: hay casos claros de pertenencia de aro y casos claros de no pertenencia; el resto puede resultar indecidible.
¿Y por qué, entonces, todos los aros estaban ocupados? Entendía que algunos quisieran agarrarse porque sí, pero ¿todos ellos? ¿Podía ser que todos supieran la regla pero temieran que los de al lado no la respetaran? ¿Por eso se apresuraban a tomar un aro?
De repente, algo me golpeó adentro de la cabeza: pensé que quizás la equivocada era yo, que no había niguna regla implícita, que nunca la había habido. Pensé que quizás la gente se paraba del lado izquierdo de la escalera mecánica porque no existía la regla según la cual uno, si quiere dejarse llevar, debe hacerlo por la derecha, dejando libre el otro lado para transitar. Pensé que, a la hora de sentarse, no importaba quién custodiaba el asiento, sino quién lo agarraba primero. Pensé que, si uno estaba sosteniéndose del respaldo del asiento y levantaba la mano para, por caso, rascarse la nariz, no había nada que impidiera al otro aprovecharse y apropiarse de su lugar en esos segundos.
Pensé que apelar al sentido común era inútil.
Que no existía el sentido común.
O quizás yo no lo tenía.
¿Por qué no puedo dejar de pensar que los equivocados son ellos?
Roberta.

jueves 21 de junio de 2007

¿y si los que nunca se equivocan de nuevo tienen razón?

¿Quién le preguntó a mi pasado si quiere volver y volver?

Elijo creer en lo que me dicen, no puedo habitar un mundo en el que no confío. Me descubro pensando que el amor ya no es sorpresa sino morada y que el refugio de un abrazo sincero puede llegar a ser mi única necesidad.
No entiendo para qué saber cómo nombran los nombres si lo que yo quiero es hablar de lo que hacen y sienten las personas.
Una vez había escrito que conocerlo había sido bajarlo, hacerlo caminar las calles o manejar un auto y comer galletitas. Descubrirlo como todos y que el pecho se me abra después de no besarme más una noche en mucho tiempo.
Pero después pienso de nuevo y me acuerdo que ya no creo más en las coincidencias, que intentar descubrir el código oculto de la realidad ya no es una interpretación plausible, que ya me desnudé varias veces y no me quiero repetir.
De hecho los que tienen suerte son ellos para quienes la tristeza se hace poesía, canción y dinero. Aunque pueda pensar que el no esta vez no va a doler, que todavía no hay nada...en fin, tengo memoria todavía


viernes 15 de junio de 2007

La papa de la felicidad (donde papa significa papa)

Iba pensando cómo las situaciones pueden considerarse, por uno mismo, desde distintos puntos de vista y cómo eso genera sentimientos distintos, muchas veces contrarios.
¿O es al revés? No sé.
En realidad, tampoco iba pensando esto, más bien lo que hacía era oscilar entre un sentimiento y otro, entre una perspectiva y otra; lo demás es metapensamiento.
En ese tiempo en particular me pasaba que no podía decidir si estaba feliz o no. Feliz es demasiado, quizá. Seguro: no estaba feliz; ¿bienestar?, ¿satisfacción? Algo de eso había, o no; a veces. ¿Que cómo no sabía? No sabía y punto; en algún lado leí que la felicidad nunca está exactamente en su lugar; poco más cierto. Para saber, repetía uno de mis experimentos mentales de cabecera: me situaba en un momento en el que todo lo que estaba viviendo hubiera terminado y trataba de anticipar el sentimiento que me provocaría recordarlo. Si había nostalgia involucrada, una suerte de nostalgia por adelantado, podía decirse que lo que estaba pasando era en alguna medida feliz, puesto que la nostalgia implica necesariamente felicidad. Si no había nostalgia... bueno, tampoco era algo definitivo, aunque lo consideraba una mala señal. Invariablemente, y no es que yo me dispusiera a ello, a veces hasta todo lo contrario, aparecía la nostalgia.
Esta era sólo una manera de ver las cosas, así, desde la nostalgia, una que me hacía pensar que algo de lo que estaba haciendo debería estar bien. Pero también había otra, la que me generaba agobio y el deseo correspondiente de que todo terminara de una vez, hasta de que nunca hubiera ocurrido. Peligrosamente, esta opción se estaba haciendo más frecuente.
En esto estaba cuando vi la papa caída en la vereda, ahí nomás del cajón de la verdulería donde permanecían sus compañeras. ¿La devuelvo a su cajón o la pateo? Antes de que este pensamiento cobrara completa forma, ya la estaba pateando con fuerza. La papa avanzó varios metros, hizo una curva que nunca hubiera podido imprimirle queriéndolo y quedó inerte sobre la calle, habiendo perdido parte de su masa por el impacto de mi pie y del suelo. Yo tenía que seguir derecho, de modo perpendicular al recorrido de la papa, lo que implicaba olvidarme de ella. Pero también quería seguir pateándola. Frené. Me quedé mirándola. ¿Qué hacer? Capaz podía reorientarla y obligarla a hacer mi camino.
O no.
Como una revelación, se me impuso una idea: podía dejar que la papa me guiara a mí, que me llevara donde ella quisiera, como ese conejo de Alicia en el país de las maravillas. No era tan terrible llegar tarde, nada muy interesante me aguardaba. No tanto, al menos, como patear esa papa, que en el momento pasó a representar una cantidad de posibilidades nuevas, inesperadas o esperadas sin ser del todo conciente.
La papa representaba claramente la posibilidad de encontrarme con algo, cualquier cosa, que me alejara de lo que me estaba pasando; necesitaba salirme de la dicotomía bienestar-agobio, que no me dejaba en paz, que sumaba más agobio al ya existente.
Con esa determinación que suele provocar la desesperación, confié ciegamente en la papa.
La papa era la posibilidad de mi felicidad.
La papa era lo que había estado buscando sin saberlo.
Decidí.
Avancé en dirección a ella mientras repasaba mentalmente las reglas: sólo mi pie podía tocar la papa, la patearía sin intentar darle una dirección determinada y la seguiría donde fuera.
Crucé la calle y, casi llegando a la papa que reposaba en el medio, sentí un fuerte bocinazo que me hizo retroceder con brusquedad: el camión avanzó, desconsiderado, aplastando en un segundo mis esperanzas de felicidad; la papa quedó destrozada, irreconocible sobre el asfalto.
Roberta.